Sola
Si vives todos los días de tu vida preguntándote por qué te odian tanto y tanta gente, qué les pasa en la cabeza a todos o qué cojones les has hecho tú para que te traten como una repudiada, acabas preguntándote finalmente qué es lo que está mal contigo, porque si tanta gente te odia, el problema tienes que ser tú, ¿no?, pues eso hice yo, darle vueltas y más vueltas, y cuando te pasa esto, empiezas a fijarte hasta en el más mínimo detalle; escuchas despacio cada cosa que te dicen, observas muy claramente cada expresión, cada palabra, cada gesto que emite tu interlocutor en busca de signos que puedan darte una pista sobre lo que estás haciendo mal. Pero ese intento de reconocer el problema no acaba cuando finaliza la conversación, sino que te lo llevas a casa, y te lo comes tú solita con patatas. Al principio no, es verdad, al principio es más fácil soltarlo porque al ser algo nuevo te perturba que por rendirte todo vaya a peor, y hablar, te expresas y buscas ayuda, primero en tus allegados y luego en un profesional, o al menos así me pasó a mí. Te dicen lo típico, no sé el orden exacto en el que te van soltando estas gilipolleces, pero te vienen a decir la misma puta mentira: que no estás solo.
Es verdad que la vida da muchas vueltas y que por el camino nos encontramos con muchas personas y blablabla, pero lo que no te dicen es que al final todos acabamos solos, solo que algunos empezamos a vivir esa pena mucho antes. Siempre cuento la misma historia de cómo la pobre niña de 12 años, tras mucho tiempo de abusos y odios injustificados hacia ella, llegó al punto de cambiarse de instituto para huir de lo que le hacía daño, historia que se une otra que cuenta la ilusión de esa niña por encontrar nuevas amigas que la aceptaban como era, ilusión de pensar que había oportunidades y gente buena en la que poder confiar y ser tu misma, pero que a los 17 años volvieron a flagelar y repudiar. A los 18 ya fue mortal, y es que hay ciertas edades en las que ya estás tan tocada de la puta cabeza que no te recuperas. Yo empecé a odiarme, a mí, a todo lo que hacía, a mi cara, a mi forma de ser, a mi forma de vestir, a mi manera de andar, a mi estatura, a mi cuerpo, me daba asco mirarme en el espejo porque no veía más que una puta escoria, una de esas personas a las que prefieres hacer como que no existen que hacerle sufrir porque ni si quiera sirve para eso. Y así es cómo me empecé a sentir. Invisible.
Es verdad que la vida da muchas vueltas y que por el camino nos encontramos con muchas personas y blablabla, pero lo que no te dicen es que al final todos acabamos solos, solo que algunos empezamos a vivir esa pena mucho antes. Siempre cuento la misma historia de cómo la pobre niña de 12 años, tras mucho tiempo de abusos y odios injustificados hacia ella, llegó al punto de cambiarse de instituto para huir de lo que le hacía daño, historia que se une otra que cuenta la ilusión de esa niña por encontrar nuevas amigas que la aceptaban como era, ilusión de pensar que había oportunidades y gente buena en la que poder confiar y ser tu misma, pero que a los 17 años volvieron a flagelar y repudiar. A los 18 ya fue mortal, y es que hay ciertas edades en las que ya estás tan tocada de la puta cabeza que no te recuperas. Yo empecé a odiarme, a mí, a todo lo que hacía, a mi cara, a mi forma de ser, a mi forma de vestir, a mi manera de andar, a mi estatura, a mi cuerpo, me daba asco mirarme en el espejo porque no veía más que una puta escoria, una de esas personas a las que prefieres hacer como que no existen que hacerle sufrir porque ni si quiera sirve para eso. Y así es cómo me empecé a sentir. Invisible.
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